Reseña de «Retablo pánico», de Ramón Paso



Ramón Paso: Retablo pánico, Dalya, San Fernando (Cádiz), 2017.


          En la sempiterna lucha entre el bien y el mal es el último el que suele ganar la batalla, por mucho que los predicadores nos quieran convencer de lo contrario. Cuando algo bello y benéfico (el sexo) entra en contacto con algo horrendo y maligno (la violencia) el resultado suele ser terrible. No hay empate, no hay equilibrio, no hay compensación ni neutralización, sino que la violencia vence, impera, domina. Y entonces nos damos cuenta de que estamos hablando de otra noción que asusta más que cualquier otra. Esa noción pavorosa es el control, raíz de todas las crueldades de los humanos.
          La pieza tripartita de Ramón Paso nos lo ilustra hábilmente. El autor emplea el arte —su personalísimo arte— como denuncia de ese control que los seres humanos ejercemos unos sobre otros: amantes sobre amados, madres sobre hijas o cualquiera sobre cualquiera. Nos surge la pregunta: ¿existe verdaderamente el amor entre humanos? ¿O éste es sólo un pretexto, un arma contra el alma, una herramienta útil para apoderarnos del ser del otro y hacerlo nuestro para nuestro disfrute aunque sea a costa de su dolor?
          Las críticas literarias requieren adjetivos. ¿Cuáles merece este excelente escrito teatral de Paso?
¿Impactante? Sin duda; y aún más de lo que el texto propone, porque es una obra que permite aumentar en progresión geométrica su efecto sobre el espectador durante la representación. Está pensada para sacudir y hasta maltratar psicológicamente al que meramente la lea, pero para sobrecoger y aterrorizar al que la contempla, tal es la plasticidad de sus posibilidades. Como detalle mencionaré que comienza con un ahorcamiento y, a partir de ahí, va intensificándose, por difícil que esto pueda parecer. Pero no estamos hablando de sangre —aunque la hay— sino de la crueldad psicológica, de la manipulación continua de las emociones, algo que hace y ha hecho más daño a los hombres que las heridas de la carne, que, a fin de cuentas, te matan o se curan.
¿Subversivo? Claro que sí; incluso Dionisos, Shiva o cualquier dios transgresor se sorprendería y hasta se sentiría insultado ante la valentía del discurso del autor. Paso a todo se atreve y convierte en tímido y pacato el planteamiento de muchos escritores «malditos» que, aunque escandalizaran a las sociedades de su momento, no osaron llegar adónde él llega en su grito contra algunos aspectos siniestros del comportamiento humano.
¿Enervante? Por supuesto; se nos habla de sexo brutal y descarnado, de actos sádicos y sangre, de cadenas simbólicas y reales, de mentes sucias, pervertidas y pervertidoras. Porque no es una obra de teatro escrita para que nos guste, en absoluto. No tiene que gustarnos. Pero no podemos impedir que se apodere de nosotros más como una vivencia sobrecogedora que como una lectura.
¿Dinámico? Hasta extremos insólitos; la capacidad dialogal del autor mes intensa y su resultado inmediato. Como el motor de un coche potente pasa de cero a cien en segundos. Tras unos escasos y breves diálogos nos encontramos de lleno en el ojo del huracán. El conflicto no se demora ni un segundo en aparecer. Los personajes no pronuncias frases vacías ni existe texto de relleno. En consecuencia, no se puede quitar nada. Cada frase, cada monosílabo incluso, tiene su sentido, su propósito y su razón de ser. Los diálogos son breves, rápidos, contundentes y certeros, como una buena puñalada.
Nos encontramos ante una pieza teatral de inmensa calidad en donde el autor —en su laboratorio y bien provisto de guantes para no sufrir las heridas de sus precipitados— experimenta con las más corrosivas reacciones químicas que produce el veneno de las relaciones humanas.

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