Romeo y Julieta (Franco Zefirelli, 1968)






Hablaremos de un film del
mil novecientos sesenta
y ocho, rodado por Franco
Zeffirelli, que nos cuenta
la historia de los amantes
de Verona por enésima
vez, pero bien contada.
Se trata de la tragedia
shakespiriana que se
titula Romeo y Julieta,
con banda de Nino Rota,
e interpretada por Leonard
Whiting, por Olivia Hussey
y algún otro, con escenas
de desnudo que causaron
consternación en la época.
La cinta está bien; lo malo
es que como acaba muerta
la pareja, fue imposible
rodar luego una secuela.

Capuletos y Montescos,
dos familias en vendetta
de la ciudad de Verona,
famosa por sus paellas.
En una nace Romeo
y en otra, su parienta.
¿Quién nace en dónde? Se ignora,
pero no hace diferencia.
¿Tan antigua enemistad
cuándo empezó? No se acuerda
nadie, ni falta que hace.
El caso es que si se encuentran
ambos bandos por la calle
hay cadáveres a espuertas,
por lo que no tiene paro
el gremio de plañideras.

El destino, caprichoso,
hace una vil jugarreta
y el cretino de Romeo
va a emborracharse a una fiesta
y se enamora a lo bruto
de una doncella coqueta.
Ella, entonces, al muchacho
al principio no le encuentra
especialmente atractivo,
porque él, por una apuesta
se ha presentado en la casa
disfrazado de hamburguesa
y, tras echarse dos bailes,
le ha dejado todas llenas
de ketchup sus vestiduras
hechas de brocado y seda.
Pero luego, entre los dos
saltan dos chispas eléctricas,
él va y se salta la valla
del jardín a la torera,
y ella se salta el decoro
y se vuelve pizpireta,
y él salta de la alegría,
y luego salta sobre ella,
y a nosotros nos asalta
enseguida la sospecha
de que en el primer asalto
de aquella amorosa guerra
ambos han quedado K.O.
y chafado las apuestas.

A partir de este momento
el amor de la pareja
es ardiente como el fuego,
dulce como una galleta,
resistente como el hierro,
monumental como Lérida,
es honesto cual novicia,
serio como una abadesa,
poderoso cual tornado
y embriagador cual taberna.
Un tal fray Lorenzo casa
en secreto a la pareja
que se ahorra de esta forma
listas de boda y tarjetas.

Pero Romeo, un buen día
que se halla comprando setas
en el mercado con ánimo
de hacerlas a la cazuela,
tiene un mal encontronazo
con un sujeto que apesta,
con Teobaldo, que es un primo...
que es un primo de Julieta.
Se mira, se reconocen,
Teobaldo saca la lengua
y le hace burla a Romeo,
que enseguida se cabrea
y le insulta: «¡Vil! ¡Tontaina!»
El otro le abofetea.
Ambos se escupen. Romeo
coge y le tira una berza
que había allí mismo a Teobaldo
dándole entre ceja y ceja.
Su enemigo, con un rábano...
(Mas fue muy larga pelea
y no he de contarla toda,
señores, que el tiempo apremia.)
El caso que es va y lo mata
y el príncipe le destierra
y Romeo se va a Mantua
sin casi hacer la maleta.

A Julieta se le ocurre
la estratagema perfecta.
Fingirá su propio óbito
con pócima farmacéutica,
engañará a su familia,
que creerá que está bien muerta,
y escapará con su amado
sin que nadie se dé cuenta.
Mas Romeo ha de saber
que es tan sólo una pamema
su defunción, y una carta
le envía por la estafeta.
(No sé si es así la historia
o es el fray o una alcahueta
quien lo tiene que decir.
Mejor será que me lea
el cuento antes de narrarles
el final de la tragedia.
O mejor: me salto un cacho
y así el problema se arregla.)

Él cree fiambre a su amada
y, el muy copión, se envenena.
Cuando Julieta después
se despierta y despereza
y contempla hecho piltrafa
al que antaño fue guaperas,
se atiza con un puñal
entre la quinta y la sexta
con fuerza tal que el temblor
hace olas en Venecia.

Esta historia nauseabunda
de italianos majaretas
no gusta a nadie al principio,
nadie a nadie se la cuenta,
hasta que llega un inglés
(que está muy falto de ideas
y tiene que robar muchas
para escribir sus comedias)
y va y la pone de moda
en la corte elisabeta.
Desde entonces y debido
a que los necios respetan
cualquiera majadería
si viene de Angalaterra,
esta historia es conocida
de Vladivostok a Huelva,
se hacen de ella mil películas
(mucho peores que ésta),
Verona es más visitada
que el Monasterio de Piedra,
Romeo se hace más famoso
que el Minotauro de Creta
y Shakespeare gana más pasta
que Camilo José Cela.




Los amantes infinitos (Reseña)




Faustino Cuadrado Valero: Los amantes infinitos, Diversidad Literaria SL, 2014, 480 págs. (Reseña)

          Literatura como la del presente libro es la que precisamos en el día del de hoy: una literatura verdadera, no un producto de consumo hecho a medida de unos lectores que no lo son. Habré de explicar a qué me refiero.
          Por lectores que no lo son aludo a los numerosos advenedizos de la cultura literaria: gentes que no aman los libros, pero que consideran leer como u deber social. Y cuando —por pereza, desidia o desinterés— no lo cumplen, sienten remordimientos y se llevan el libro a la playa «para ponerse al día de sus lecturas», como si éstas fueran los deberes del colegio. Las grandes empresas vendedoras de libros —no sé si merecen en puridad el nombre de editoriales— fabrican para estos lectores obras fáciles, muchas veces con escaso texto y menos contenido; otras, con abundancia de imágenes, para que se pueda uno hacer la ilusión de haber leído un libro, cuando en realidad sólo ha ojeado rápidamente una serie de ilustraciones. Se crea una literatura superficial e inane, con conflictos mezquinos, planteamientos estereotipados, personajes planos, párrafos cortos y diálogos mezquinos, para facilitar el proceso de lectura a gentes sin hábito de leer.
          En medio de este panorama que domina las letras de nuestro tiempo, es altamente refrescante encontrar literatura real, verdadera, densa e intensa, como lo es Los amantes infinitos, una historia que no es para leer con prisa, no es para consumir, sino para degustarla despacio e incluso una y otra vez. Es obvio que su autor, un escritor con varias obras destacadas en su haber, domina su oficio a la perfección y en su prosa se nota una carga de lecturas, un amplio conocimiento de los recursos narrativos de los grandes maestros de la novela.
          Estamos ante un drama histórico de profundo calado que nos relata cómo quedan afectadas las vidas de sus protagonistas por el proceso de independencia cubano a fines del siglo xix, un tema interesante para España y que se trata con la necesaria rigurosidad, al par que se aprovechan las posibilidades dramáticas que permite la ficción. Se nos habla del enfrentamiento de dos familias a lo largo de varias décadas, del daño que pueden hacerse unos a otros los seres humanos cuando el destino los enfrenta. Se hace con gran habilidad narrativa, como es habitual en este escritor.
          El aspecto de cómo las posturas políticas pueden determinar odios y crueldades es siempre interesante. A través de las familias de los Alba y los Martín conocemos posturas enfrentadas, formas distintas de entender la realidad que nos circunda. Las buenas historias se basan en el conflicto y Cuadrado Valero hace aquí un gran despliegue de imaginación para darnos un libro de los que merecen quedar y de los que, una vez leídos, no se olvidan.